Elogio de la partida

Nunca imaginé que marcharme me concedería una libertad tan densa y silenciosa.

La ciudad se despedía con su llovizna habitual, un velo gris que convertía las calles en espejos rotos.

Mis pasos resonaban vacíos entre los adoquines mientras arrastraba una maleta que pesaba menos que mis recuerdos.

Al doblar la última esquina, una voz conocida me detuvo con la suavidad de quien teme interrumpir un sueño.

Era Helena, la única colega que jamás había disfrazado su desprecio con cortesía corporativa.

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