Mil cortes diminutos

Lucía reparaba violines en un taller estrecho que olía a barniz, madera vieja y café recalentado, y cada mañana se sentaba junto a la ventana para examinar sus manos bajo la luz gris de Buenos Aires.

Tenía cicatrices mínimas, casi invisibles, hechas por cuerdas, agujas y bisturíes de precisión, y ninguna dolía por sí sola, pero todas juntas formaban un mapa de lo que había sido soportado en silencio.

A los treinta y ocho años había aprendido que un instrumento no se rompe de golpe, sino por una serie de tensiones mal repartidas que trabajan durante años en la misma dirección.

Lo mismo le estaba ocurriendo al amor, aunque durante mucho tiempo se negó a nombrarlo así.

Iván decía que era sensible, que exageraba, que una persona adulta no debería dar tanta importancia a detalles pequeños, y Lucía había aceptado esa idea como quien acepta un diagnóstico.

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