La última adivina sin licencia

En un barrio antiguo de la ciudad vivía una mujer llamada Clara que era conocida por sus predicciones casi milagrosas.

Nunca había solicitado la licencia oficial para ejercer la quiromancia, pero su reputación se extendía más allá de las fronteras del distrito.

Su pequeño local, decorado con cortinas de terciopelo rojo y velas parpadeantes, era un refugio para los desesperados y los curiosos.

Cada mañana, Clara preparaba una infusión de hierbas y ordenaba sus naipes mientras esperaba al primer cliente.

Sin embargo, las autoridades municipales habían empezado una campaña contra los adivinos sin licencia, y las inspecciones eran cada vez más frecuentes.

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