El arte de desenredar

Ana volvió a la casa de su abuela con la intención de desenredar los hilos que durante años habían permanecido ocultos entre los muebles cubiertos de polvo, sal y recuerdos rotos.

El aire salado del puerto entraba por las ventanas rotas y hacía temblar un tapiz antiguo que colgaba en la sala como una piel olvidada por todos.

—No sé si quiero desenredar esto —dijo Ana en voz baja, mientras su hermano Mateo la observaba desde la puerta con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

—Has vuelto para resolver un misterio que ni siquiera sabemos si existe —respondió Mateo, y su tono mezclaba cariño, ironía y un cansancio que ya duraba demasiados años.

Ana no contestó de inmediato, porque sabía que su hermano era terco y que discutir con él era como tirar de un nudo ciego sin encontrar la punta.

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