Los santos de la alcantarilla

La ciudad, desde sus ventanas altas, miraba de lejos el asfalto resquebrajado y nunca reparaba en las rejillas que respiraban bajo sus pies.

Bajo esas rejillas, en un laberinto de tuberías antiguas y pasillos oscuros, una comunidad de hombres y mujeres vivía sin esperar reconocimiento.

El Viejo Mateo, el más antiguo del grupo, repartía cada noche sopa caliente, mantas remendadas y consejos breves entre los recién llegados.

Decía que la santidad no necesita altares de piedra, sino manos dispuestas a sostener al caído y una voz que no se cansa de repetir el mismo abrazo.

Lucía, una periodista de treinta años, bajó a ese mundo hermético con una linterna temblorosa y una pregunta que no podía quitarse de la cabeza.

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