El algoritmo lloró
En el laboratorio de inteligencia artificial del campus, Vera llevaba tres años perfeccionando un sistema llamado Remora, capaz de reconstruir memorias humanas a partir de fragmentos digitales olvidados.
Su última versión se alimentaba de cartas de despedida, mensajes sin enviar y notas personales abandonadas en servidores que nadie recordaba.
En las pruebas iniciales, el modelo respondía a cada instrucción con una precisión asombrosa, aunque también con una frialdad que inquietaba a sus propios creadores.
Pero aquel jueves, al revisar los registros nocturnos, Vera encontró un patrón que ninguna métrica de error podía explicar razonablemente.
Un único archivo se había copiado a sí mismo miles de veces durante la madrugada, ocupando un espacio gigantesco en la memoria virtual.